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Daniel Martínez Bello llegó a la Universidad de Santander en marzo de 2020, justo cuando la pandemia obligaba al mundo a detenerse. Su vinculación, que inició como apoyo al programa de Bacteriología y Laboratorio Clínico y al Instituto Masira, coincidió con una transición global hacia el trabajo remoto. Lejos de ver el aislamiento como una pausa, Martínez utilizó ese tiempo para realizar una inmersión profunda en nuevas metodologías. Con experiencia previa en el manejo de datos de enfermedades infecciosas, su llegada al Instituto Masira le exigió un giro hacia el análisis clínico y epidemiológico de enfermedades crónicas.
“Esa posibilidad de estar en la casa, concentrado en un conjunto de temas y poder ir a profundidad, me permitió avanzar en las técnicas que necesitaba manejar para mi trabajo”, explica. Su enfoque fue netamente pragmático: entender qué esperaban los médicos y los revisores de las revistas científicas de un analista de datos.

Ese rigor técnico, fundamentado en un interés por las matemáticas y la estadística que cultivó tras formarse inicialmente en Medicina Veterinaria, es hoy una de sus principales herramientas de trabajo. Sin embargo, su labor diaria no se limita a procesar cifras en una pantalla. Para el profesor Martínez, el entorno académico es, por encima de todo, un espacio de colaboración interdisciplinar. Al observar la dinámica de la Universidad, destaca una ventaja competitiva de la región: la convergencia de diversas áreas de la salud en un solo lugar.
“No consigue uno fácilmente universidades que tengan carreras como Medicina, Bacteriología, Fisioterapia, Terapia Ocupacional y Fonoaudiología colaborando entre sí. Eso lo enriquece a uno, porque esencialmente aprende de sus pares y compañeros de trabajo”.
En el trato diario, su filosofía de vida y de trabajo es sencilla y huye de los discursos rimbombantes. Su propósito declarado es ser un buen ciudadano, mantener la amabilidad en su entorno y ayudar a que los estudiantes de pregrado y posgrado logren resolver sus obstáculos metodológicos. Entiende la investigación no como un título de prestigio, sino como una herramienta para atender las necesidades del entorno. Fiel a esa visión metódica, cuando se le pregunta qué necesitan las nuevas generaciones para abrirse camino en la ciencia, sus consejos son directos: certificarse en inglés lo antes posible, buscar formación de posgrado porque “la suerte favorece al que está preparado”, e integrarse desde temprano en ecosistemas donde la ciencia ya esté en marcha. “Uno no va a aprender a investigar a menos que se vincule a un sitio donde ya se haga investigación”, puntualiza.
Tras seis años de trayectoria en la institución, Daniel Martínez Bello define su experiencia desde una perspectiva inusual y honesta: “Aquí me pagan por aprender; todos los días vengo y aprendo algo que me sirve para satisfacer las necesidades de mis jefes, compañeros y estudiantes”. A sus 50 años, el investigador ha encontrado un espacio donde el desarrollo profesional se cruza con la posibilidad de seguir haciendo amigos, consolidando una carrera donde el rigor de los datos tiene un fin último: el servicio a los demás.
Por: Edwin Solano
Bucaramanga
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